Relatos Hablados

Humillando a mi marido

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Me quedé flipada cuando vi a mi marido por primera vez con esa pinta, disfrazado de mujer, vestido con mi ropa interior, excitado como un burro y pidiéndome que lo insultara. ¿Será maricón el tío o es que se ha vuelto loco? Afortunadamente, ni una cosa ni la otra.

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Voz por BellaPerrix
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Me casé a los 25 con un tipo que me llevaba dos años. Los primeros 12 meses de matrimonio de nuestra vida sexual marchó de maravilla. Hacíamos el amor en cualquier habitación de la casa, en el comedor, en el cuarto de baño, en la cocina...

Justo cuando pelaba las patatas y preparaba la comida, tal y como suele pasar en las películas porno. Cualquier momento era bueno para subirme la falda y tocarme y dejarme con una sonrisa en la boca.

Cada día había mandanga. Y teniendo en cuenta lo bien dotado que está, pensé que me había tocado la lotería. Pero todo lo bueno se acaba. Y nuestros encuentros fueron espaciándose cada vez más, hasta posar al polvete en la cama y una vez a la semana.

Al principio pensé que debía de darles a otras lo que no me daba a mí. Y sospeché que una hipotética amante estaba celosa y sin motivo. Cuando tuve la certeza de que nadie se interponía entre nuestro matrimonio, llegué a la conclusión de que se trataba de un exceso de trabajo.

Que el maldito estrés le controlaba la lívido y por eso ya no le apetecía como antes. Pero al ver que regresaba de la oficina fresco como una rusa, me deprimí.

Concluí precipitadamente que ya no la traía como antes. No era del todo cierto, pues seguía excitándole. Que faltaba en nuestra relación. Una noche saqué el tema y ambos comenzamos a conversar sobre nuestras fantasías sexuales.

Me confesó que le gustaría que yo tomara más la iniciativa. No sé qué iniciativa quieres que tomes. Si te toco y permaneces impasible, le respondí.

Él me explicó que no se trataba de eso. Quería que fuera más dominante. Más dominante, exclamé. Lo cierto es que yo no entendía nada. Mi esposo se levantó de la cama.

Venió hasta a mi lado, me dio un beso en la mejilla, abrió los cajones de mi mesita de noche. Cogió un plan de prendas que no logré ver al principio.

Salió de la habitación y se dirigió al lavabo. Y mientras hacía todo esto, me pidió que la esperara despierta, que no tardaría. Pasé una hora mirando el techo en la habitación.

Aguardando con impaciencia, imaginando lo que debía estar. ¿Haciendo y con qué me iba a sorprender? Apareció vestido con mis bragas y mi sujetador, como unijas prendas.

Los ojos y los labios pintados. Una peluca rubia en la cabeza y zapatos de tacón de aguja en los pies. No sé de qué se había disfrazado, pero estaba francamente patético.

Mira por dónde. A mi marido le gustaba trasvertirse. Le pregunté por qué se había disfrazado y qué hacía así. Vestido como un amarracho. Él no abrió la boca y permaneció en pie al lado de la puerta, completamente mudo e impasible.

Yo estaba sorprendida, nerviosa. Y mi mal humor iba a un aumento. No pude contenerme más. ¿Qué broma es esta? Porque es una broma, ¿o no? Le dije de muy mala gana.

Siguió allí, como una estatua y sin abrir la boca. ¿Tú eres Maricón? Le pregunté como a la leche. Así, ¡insultame, insultame! Me decía él mientras se acercaba a la cama.

Soy una puta, dijo. ¡Castígame! ¡Castígame como una perra! Añadió mientras le miraba asombrada. Cuando se echó sobre la cama, dándome la espalda y elevando el trasero, supe que quería que le azotara el culo.

Levanté la palma de la mano y la dejé caer sobre sus nalgas, sin demasiada convicción. ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! gritaba, como si fuera una loca, ante el chulo que la maltratara.

Le golpeé de nuevo, pero en esta ocasión con saña, cuando sonó el peaz, mi queridísimo esposo hacía mío de gusto. Eso me animó a repetir el golpe con la misma intensidad.

A medida que la huella de la palma de mi mano se iba haciendo visible sobre la piel de su culo, su pene iba endureciéndose, creciendo de tamaño.

Cuando alcanzó la erección, tenía el pompis del color de un pimiento morrón. Sus volúteos estaban completamente enrojecidos, amoratados e hinchados, y ya no me sentía la mano de tanto atizarle.

He de confesar que me encantó golpearle. Si bien al final empecé a aburrirme, pero bueno. Mi esposo estaba muy excitado, tanto que temí que se corriera y me pringara las bragas.

Pensando más en mí que en él, le desnudé por completo. No fuera a romper o ensuciar mi ropa interior. Había escogido prendas bastante caras, por cierto.

Una vez en pelotas, me eché sobre su miembro y me lo tragué. Lo estaba chupando como me pidió que le metiera un dedo por el culo. Al principio me negué, con la excusa que le llevaba las uñas muy largas y que le iba a hacer daño, pues el recto es una zona bastante sensible.

No me hizo ningún caso, por lo que volvió a insistir. Me negué de nuevo, y en esta ocasión le conté que tenía miedo de romperme una uña o de ensuciarme el dedo.

No prestó atención a mis argumentos y me rogó que le introdujera el dedo. Se puso tan pesado que no pude negarme a ello. El índice de mi mano derecha franqueó el esfínter y él se corrió en mi garganta.

Creía que ya se había acabado el número, que no me pediría más cosas extrañas y queríamos el amor como siempre. ¿Me equivoqué? Pues todavía faltaba la sorpresa final, la guinda que coronaría la velada.

No sé de dónde lo sacó, pero mi esposo me puso un enorme vibrador en la mano y me pidió que se lo introdujera por el recto. A mí eso ya me pareció demasiado fuerte, con lo que cuesté en su hombría.

Preguntándole de nuevo sobre su hipotética homosexualidad. A mí no me gustan los tíos, replicó con cierto tono de mosqueo. Por nada del mundo, chuparía una polla y mucho menos me dejaría encular, insistió, para que me quedara tranquila.

A mí me van las tías macizas, con un par de tetas y un trasero como una plaza de toros, unas piernas gruesas como jamones y un chochoc bien peludo, sentenció con un plan así machista.

Entonces, ¿a qué viene todo esto? le pregunté con mucha curiosidad. Soy fetichista, me encanta la lencería femenina y deseaba que por una noche me trataras como una perra, respondió muy convincente.

Ya estaba más tranquila, por lo que le puse las manos en sus glúteos y con mucha firmeza separe las nalgas, todo lo que pude para ver bien el agujero.

Tenía el heno completamente enrojecido, dilatado e incluso relajado, como si estuviera ya preparado para la sonorización. Coloqué la punta del vibrador y presioné.

Aquel cilindro fue entrando muy poco a poco, milímetro a milímetro. Yo no tenía ninguna prisa y aquel espectáculo me estaba gustando. Sus carnes temblaban mientras el juguete se abría paso.

Cuando mis uñas rozaron el ano, me percaté de que estaba todo dentro. Fue el momento en el que accioné el motor. Mi marido suspiraba como una zorra y yo estaba empapada de sudor y de calentura.

Inicí el mete y saca un ritmo frenético, como si quisiera torturarle el culo. Pensaba en todas las veces que me había penetrado a lo burro y ahora me iba a desquitar.

Volvió a ponerse cachondo, con lo que aproveché la ocasión para echarme sobre él. Me la insertó en un solo intento. Nunca antes se la había notado tan dura.

Culeó durante un buen rato hasta que le adentré el vibrador por completo, como si fuera un supositorio. Gozó tanto con aquel cuerpo extraño vibrando en su recto que vertió su semen en mi vagina sin darle tiempo ni a darse cuenta.

He de reconocer que me gustaron esos juegos. Hace poco volvimos a repetirlos, pero invirtiendo los papeles. En esa ocasión, yo me vestí de hombre y le pedí que me afeitará con una cuchilla en la barba.

Como ya puedes imaginarte, la pelambrera no estaba en mis mejillas, sino por debajo de la cintura, entre los muslos. Rasuré el triángulo con tanto esmero que me corrí un par de veces antes de iniciar el coeto. Pero eso ya es otra historia. Y ya se la contaré otro día.

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