Relatos Hablados

Ayudando a los necesitados

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Todos los días me encontraba a aquel vagabundo en el mismo lugar y le daba cinco duros. El tema es que, aunque al principio me daba bastante asco, ya que considero que los mendigos estropean la estética de las ciudades (igual que los putos hippies), poco a poco fuí cogiéndole cariño e incluso un día me lo llevé a mi casa...

Todos los días me encontraba a aquel vagabundo en el mismo lugar y le daba cinco duros

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Voz por BellaPerrix
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Yo trabajaba en una tienda de ropa infantil. Abríamos a las diez de la mañana, pero a causa de mi habitual obsesión sobre la puntualidad, me presentaba siempre con unos diez minutos de adelanto.

Tenía que quedarme ahí, de pie esperando a Laura, mi compañera, y mirando los coches pasar. Un frío martes de enero se me acercó un vagabundo que andaba por dentro de los containers.

Se enfrenó delante mío y extendiendo su mano me abordó con el clásico cuento del dame algo. El tipo llevaba un anorak cuya capucha le cubría bastante la cara, a lo cual contribuía también una espesa barba desaliñada.

El tipo insistía tanto que al final me vi obligada moralmente a darle lo menos que pude, cinco duros. Automáticamente dejó de molestar y siguió su cansina búsqueda por diferentes contenedores de basura.

En aquel momento aquello no fue más que una anécdota típica de alguien que vive en la urbe. Lo curioso del caso es que aquel extraño señor cada mañana estaba rondando por el lugar a la misma hora que yo llegaba y siempre tenía tiempo para acercarse a mí y pedirme dinero.

Yo seguía siendo una tacaña de cuidado y le soltaba esos cinco duros ya casi oficiales. Al principio me daba algo de miedo y por qué no decirlo.

Asco. Pero aquella rutina de encontrármelo durante seis días a la semana comenzaba a hacerme incluso gracia. Recuerdo un día que no sé por qué no se presentó a nuestra, digamos, cita e incluso llegué a pensar que igual la policía lo había detenido o algo por el estilo.

Y la verdad es que hasta me sentí mal por él. Sensación que pasó por completo cuando al día siguiente se apareció puntualmente a las diez menos cuarto.

Se acercó a mí y con algo parecido a una leve sonrisa en su cara me extendió la mano. No tuvo tiempo de soltar el dame algo cuando una moneda de quinientas pesetas aterrizó en la palma de su sucia y callosa mano.

Se quedó todo confuso y soltó un sorprendentemente gentil gracias. Ante mi asombro y la ya casi inevitable simpatía que comenzaba a sentir por él y los diez minutos que faltaban para llegar me empujó a cometer una locura no habitual en mi ordenada vida y decidí invitarle a un café con leche y una pasta a lo que él tras dudarlo durante unos segundos accedió encantado.

Aquella charla fue de lo más agradable. Mostró otra cara de él que ni siquiera había llegado a imaginarme. Dijo que se llamaba Antonio que tenía 33 años que una mala vida junto a unos padres que no le querían le había llevado a vivir en la calle pudiendo pidiendo y para cuando sus progenitores desaparecieron él se tuvo que sacar las castañas del fuego como pudo recogiendo cartón y limpiando parabrisas etcétera.

No pude más que sentir compasión por él. Unos días después sobre las nueve de la noche llegaba yo a de trabajar e iba hacia mi casa cuando me pareció ver una silueta familiar en una esquina hurgando en un contáiner.

Me acerqué algo dubitativa y para mi sorpresa resultó ser Antonio el cual reaccionó de forma también muy positiva al verme. Charlamos apenas unos minutos y llevaba por un extraño arrebato y sin apenas pensar en las posibles consecuencias le invité a que viniera a mi casa, se diera una ducha y se calentara un poco junto a la estufa.

Así lo hicimos. Una vez en el apartamento entramos en el baño y le mostré donde tenía el jabón y donde las toallas. Le indiqué que comenzara a quitarse aquella andrajosa ropa mientras yo preparaba un poco de café bien calentito.

Fui a la cocina, me puse manos a la obra y lo dejé todo en el fuego. Volví al cuarto de baño ya suponiendo que Antonio estaría tras las cortinas duchándose y sin embargo cuál fue mi sorpresa al verlo allí de pie desnudo frente al espejo recortándose su sucia barba con unas pequeñas tijeras que yo habitualmente usaba para las uñas.

No pude más que quedarme de boca abierta. Aquel desamparante físico no podía comprender de qué manera pero contra todo pronóstico Antonio no era un tipo delgado y escuálido.

El chico estaba bastante bien parido, era de complexión fuerte, muy peludo. Confieso que siempre he tenido debilidad por los hombres así y para mi mayor asombro un pedazo de rabo enorme y grueso le colgaba entre las piernas.

Con el tiempo que hacía que yo no sentía uno como es entre mis piernas. Tras repasarle bien repasado aquel inmenso falo le miré a la cara y de entre los pelos y la mugre vi surgir un rostro de lo más agradable y dulce con unos ojos claros la mar de brillantes.

El chico se disculpó por lo de las tijeras y se metió en la ducha. Mientras comenzaba a canturrear cogí su ropa no sin cierta prudencia y de camino a la lavadora me pregunté a mí misma qué me está pasando y es que algo inexplicable crecía en mí respecto a aquel vagabundo.

Con las tazas ya vacías y sin magdalenas que comer Antonio y yo estábamos sentados en el sofá charlando de su dura vida. Él cubría su cuerpazo con un estrecho albornoz y a cada espaviento que daba su sexo se iba descubriendo más y más.

La verdad es que no podía concentrarme en lo que me explicaba. Los ojos se me iban a su polla, a su rosado capullo que asomaba tímidamente.

Le corté en seco el monólogo y le pregunté si hacía mucho que no follaba a lo que él me confesó que hacía casi tres años que no probaba una mujer que era casi el mismo tiempo que yo llevaba sin probar un hombre.

Me acerqué a sus labios y mientras ambos se juntaban en un deseado beso mi mano nerviosa se deslizó bajo el albornoz y se aferró sin dudarlo un segundo a su músculo palpitante.

El hombre debería estar muy necesitado de caricias porque aquella polla no tarda ni un minuto en ponerse dura como la madera. Mi mano fue ensanchada a la fuerza por su creciente erección y así decidí dar inicio al sube y baja manual por aquel ardiente tronco.

Él suspiró profundamente. Yo me acerqué a su entrepierna y le dediqué un fuerte lamentazo al frenillo. Me encantaba chuparle la polla a Antonio.

Sentir ese ardor en mi lengua, sentir esas formas en mis labios, moldear mi boca para que semejante pedazo de carne casi descompensada nos hiciera gozar tanto a él como a mí.

El albornoz se abrió por completo. Acerqué mi mano a una tetilla y se la pellezqué. Mientras mi lengua se trabajaba aquella polla que apuntaba al cielo, rodeando el tronco, mordiendo con cuidado el grueso glande que pasó de seco a húmedo gracias a mi saliva, la cual descendía a través de un sensible frenillo hasta la base.

Ahí se internaba entre los pelos que adornaban dos majestuosos huevos, los cuales sujeté en mi mano derecha y comencé a acariciar con delicadeza.

Antonio estaba que iba a explotar. Sus cadeos eran cada vez más continuos y parecía encontrarse en la gloria. Subitamente me agarró la cabeza y aún con mi lengua colgando tras haberle dedicado un lamentón a sus huevos.

Sacó su lengua y me la clavo en la mía. Ambas iniciaron el ritual de acariciarse mutuamente y pasearse por una encima de la otra, al son que mi mano no dejaba ni un minuto de descanso aquella deseable polla en una paja que Antonio no olvidaría fácilmente.

Casi a la fuerza, se me tumbó en el sofá, me quitó los pantalones y prácticamente desgarro mis bragas. Con una furia visigoda incrustó primero un dedo dentro de mi coño apenas sin haberlo preparado para tal embestida.

Mientras los labios de mi vagina eran castigados por aquel brutal e inesperado métisaca manual, mis otros labios eran mordidos con prudencia, pero con pasión por sus dientes.

Aquello me obligó a gritar de placer. ¡Oh, sí! Esclamé esta haciada. Para entonces Antonio y yo me había incrustado su enorme y durísima polla bien adentro, para que la sintiera crecer aún más dentro de mis entrañas, para que todo aquel ardor pasara a formar parte de mí.

¡Oh! Grité. ¡Fóllame! Le suplicaba sin cesar. Mientras sufría el acento, me agresivo dentro y fuera, hacía convulsionar todo mi cuerpo de placer infinito.

Las cavidades de mi almeja parecía que no iban a resistir aquella embestida sin freno. Los escalofríos que recorrían mi anatomía eran cada vez más fuertes.

El coño me ardía a la par que el placer me rodeaba por completo y me obligaba a tensar todos mis músculos, incluida mi boca, cerrada con fuerza.

Mis manos aferradas a sus gruesos, peludos y sudorosos brazos. Correte en mi cara, le supliqué. Era algo que me volvía loca. Y no pocas habían sido las noches que soñaba con un río de esperma.

Mojaba por entera todo mi cuerpo. Dejó mi coño en paz, el cual se contrajo rápidamente después de aquel castigado baño de placer. Se arrodilló sobre mí y acercó su miembro a apenas dos centímetros de mi cara.

¡Correte, córrete! Gritaba. Antonio se puso a ello con aínco y dedicó a su falo algunas sacudidas realmente duras, que finalmente dieron su efecto ante una brillante explosión de semen blanco, brillante, dulce y repleto de vida que chocó contra mi cara.

El esperma fue abundante. Era demasiado el tiempo que andaba almacenado en sus huevos. Y ahora aprovechaba su libertad para retozarle alegremente sobre mi rostro, deslizándose por mi nariz, por mis labios que ansiaban probarlo hasta mi barbilla.

Más algunas gotas que caían sobre una blusa completamente sudada. A partir de aquel día, Antonio se quedó a vivir conmigo. Encontró trabajo, mejoró su aspecto y desde entonces follamos como locos, con especial dedicación a dejar que se corra en mi cara. Y es que el amor y el sexo no entienden ni de clases sociales ni de categorías, cuando ha de venir, sencillamente, viene.

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